Había recibido su despoblada cabeza una ducha de excrementos; la muy hija de puta se le había cagado encima, y no contenta con ello había graznado reivindicando su satisfacción. Años atrás durante el cortejo, el barón la había dejado sin pareja por culpa de un gatillazo al probar su vieja escopeta, y desde entonces, el resentimiento se había apoderado de ella. Todos los días al atardecer había sobrevolado el viejo muelle de madera donde se apostaba el barón con el único de fin de consumar su venganza.