Julián Sarmiento beso la cruz de su anillo hasta tres veces seguida, era supersticioso de nacimiento y aquello le protegería del mal fario que le daba aquella situación. La espera se le había hecho eterna a pesar de que apenas habían pasado quince minutos cuando el auxiliar del juzgado le llamó para que pasase. Nervioso se presentó ante el tribunal, y fue colocado sobre una plataforma con atril y micrófono. Miró a su alrededor y cruzó los dedos: estaba rodeado de viejos con peluca que parecían no prestarle atención. Uno de ellos le preguntó algo… Sonó el teléfono, le llamaban para reclamarle una deuda. Julián Sarmiento miró a un lado y vio a su abogado, fue hacia el y le entregó el teléfono para que atendiese la llamada. El Juez le llamó al orden… Julián Sarmiento volvió al atril.
— ¡Conteste usted a la pregunta! ¿Qué pregunta? —respondió.
Alguien dijo: — ¿Se llama usted Julián Sarmiento? —este respiró aliviado — ¡Sí! —, y miró a su abogado que con cara de circunstancia le señalaba con el pulgar hacia abajo.
—“Estoy jodido”—pensó, y se dirigió al Juez: — ¡Señoría, soy culpable!
— ¡Pero como.., si no se le ha acusado de nada! —dijo el Juez sorprendido.
—Pues dese prisa antes de que mi abogado ejecute la sentencia.