Aquel árbol que antes debió ser talado, habló a la muchedumbre congregada en torno a su carcomido tronco. Especulaban si o no, esto o lo otro, aunque nadie sabía nada de nada. Como siempre, de protestas airadas se abusaba del desconocimiento. Entonces, se expresó cruelmente aquel cuerpo de ramas desgajado y raíces agusanadas en su podredumbre, bajo el cual yacía aplastado otro cuerpo; otra especie conocida: mendigo sin identidad, despojo de la sociedad y azote de las conciencias. Y se produjo el milagro; pronto se olvidó la muerte del talado, y sobrevino el llanto loado por el recién hallado. ¡Vil hipocresía!