Desde mi holgadero, en soledad recuerdo cuando no siendo aún un detective afamado, tuve la desgracia de tropezar con aquel hombre que sufría de medrosía. Cartero de profesión, me engañó justificando no haber entregado un paquete porque el destinatario no tenia buzón, y había un perro peligroso. Me cabree demasiado, aflorando mi ira, y, estimulándose en exceso las glándulas sebáceas de mi piel, le agarre por la pechera zarandeándole como si fuera un pelele. Tras ver su penosa reacción le solté, fallándole las piernas y casi cae al suelo. Tembloroso me pidió mil disculpas -:el paquete llevaba el nombre equivocado -me dijo-. ¿Entonces como supiste que era para mi? -le pregunte. -Yo lo intuí -me contesto. -¿Te pagan por intuir? -le pregunte. Y el nombre no pudo contestar… cayó fulminado por un infarto. ¡Lastima! Le pudo la responsabilidad. Caso cerrado.