Surgieron de la nada, zafios y desafiantes como reptiles de aquel lodazal inmundo que la oscuridad no pudo ocultar, pues su olor putrefacto les delataba, y se abalanzaron sobre mí como hienas dementes. Forzado a escurribanda, salte al abismo y cerré los ojos para salvar el miedo intentando un milagro que nunca sucede. Sumido en la oscuridad sentí al caer un enorme vacío mientras el viento me susurraba a la cara con su leve caricia. Se acercaba el fin, pronto encontraría el túnel de la luz y atravesaría ese largo pasillo que conduce hasta la puerta del tránsito al infinito. ¡Pero sorpresa! Por suerte fui rescatado con violencia por la oportuna rama de un eucalipto que se prestó al sacrificio amortiguando mi caída a costa de perder uno de sus escasos miembros. Quedo esta totalmente desgajada de su tronco. Rodé ladera abajo sobre la húmeda hierba que cubría un traicionero empedrado y caí vencido por el mareo. Espabile rápido, dolorido, y declare vano el esfuerzo realizado por huir de aquella parranda de colmillos babeantes. Les vi frente a mí, regocijándose; me tenían a su merced. ¿Qué hacer? Aún armado les duraría poco. A expensas de un milagro cerré los ojos y permanecí inmóvil hasta que se abrió el camino; entonces, avance con paso firme y sereno hacia la luz. El pasillo parecia flanqueado por blancas sabanas que ondeaban suavemente, seguramente agitadas por la invisible mano de un ser superior
Forzando el viaje
07 sábado Nov 2015
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