A veces, la mayoría de las veces, me planto frente a la pantalla del ordenador y toco el teclado acariciándolo suavemente con la yema de los dedos sin presionar ninguna tecla… El desánimo me lo impide. Miro alrededor intentando buscar una idea para improvisar un texto y solo encuentro títulos sobre los lomos de cientos de libros bien ordenados en la estantería. Cojo uno al azar y lo abro aproximadamente por la mitad; leo la página abierta y repentinamente recibo un halo de inspiración que me empuja a escribir. Los dedos cobran una inusitada velocidad y presionan fuerte sobre el teclado; un vendaval de ideas me satura y mis ojos, fijos en la pantalla del ordenador intentan captar los errores no forzados ordenando al cerebro parar y rectificar. Tiempo suficiente para que la idea pase y se evapore como el alcohol sobre la herida. ¿Así comienza un libro? ¿Así se llega a algo? ¡Quién sabe! Yo no lo sé. Quizás algún día logre retener el torrente que me inquieta y perturba mi paz, y de la ansiedad surja algo digno de ser llamado escrito. Pero mientras seguiré tecleando sin parar, durante meses, años, en interminables jornadas donde consumiré cientos de botellas de vino y disfrutare cada día de una buena siesta, da igual que sean las 12 o las 16.
Escritor o…
28 domingo Feb 2016
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