A cuatro patas sostengo la mirada fija en el vacío del acantilado. Las olas baten bravías contra la negra, puntiaguda y escarpada roca, mientras el viento cargado de arenas claras ruge ametrallando todo lo que encuentra a su paso. Las gaviotas, con sus alas desplegadas en vuelo sin motor se mecen altivas y desafiantes. Sus graznidos amplificados por el viento provocan repeluznos para nada esperados por el populacho, que a barruntar compite observándome desde la distancia.
— ¡Él se lo ha buscado!
— ¡¿No, porque?!
—¿De qué va esto?
—¡Cuidado!
Acusación, negación, despropósito, sorpresa, especulación… La borrosidad impera, el tiempo avanza inclemente y los ojos me gorgotean lágrimas de sangre, he iniciado el vuelo. Atrás quedáis malditos culpables de mi desdicha, como orates gozando de esta farsa… ¡Sois muchedumbre!