El gigante concejal parecía un ogro sacado de la mitología vikinga. Su ataque incontrolado y salvaje, daba justa respuesta a las provocaciones sufridas por parte de aquel opositor que le había llamado: ¡mamón de media minga!… Fíjense ustedes. Y aquello acabo en desgracia. Hubo un pleno extraordinario para tratar el suceso, y no hubo acuerdo, como era de esperar; mientras unos pedían respeto y que no les insultasen, los otros querían cambiar el nombre de una calle no se sabe bien porque. Intervino el amoratado para llamar la atención sobre su caso, denunciando la agresión sufrida, y saltó a su cuello el agresor. Los concejales jalearon a los contendientes: «Vicente, Vicente», gritaban unos; «Manolo, Manolo», los otros. El alcalde como si de un oidor se tratara, observó impávido durante unos instantes. Cogió la vara de mando y tras soltar sendos garrotazos, creyó poner orden, pero… ¡Yoo!, dicen que exclamó antes de exhalar su ultimo suspiro. Su procacidad le había jugado una mala pasada y los dos contendientes al unísono aparcando su disputa se habian vuelto hacia el para estrangularle.