El ujier se remango los manguitos demasiado tarde (cualquiera lo diría estando tan acostumbrado), pero la sombra del juez le tapaba la escasa luz que penetraba por el estrecho ventanuco de la estancia. Al otro lado la vegetación salvaje lo ocupaba todo por completo.
-¡Así es imposible! -bramó indignado.
El juez se movió undívago mientras su sombra le acompañaba en acto solidario… El ujier maldijo a las estrellas observando como la tinta avanzaba inclemente sobre la mesa; pensó en el delta del Okavango, la miro desafiante y, creó un dique de papel… El juez celebro su buena sombra.