Estaba un sabio sentado a la sombra de un almendro, relajado, sin hacer nada de nada, simplemente contemplando, cuando se le acercó un loco que también era sabio, pero al que su locura ponía trabas a todo.

Los dos sabios entablaron conversación, cada uno con su iluminación. Conversaban sin escucharse porque el loco y el contemplativo nada tienen que decirse, porque no piensan igual, pero no se importunaban en absoluto. Los dos adoraban la libertad de igual manera y eran incapaces de tomar partido por lo ajeno.

Entonces llegó un político, que no era sabio, solo era político, y les recrimino que tuvieran aquella conversación que no entendía y que no llevaba a nada.

Los dos sabios dejaron de conversar y se dirigieron hacia el para decirle: «Cuando la madera de sándalo y los excrementos sean iguales a tus ojos habrás ganado en sabiduría, y sabrás que todas las cosas no son nada más que una»