A veces leo, a veces escucho y otras veces simplemente observo. Puedo considerar que son tres estados de mi consciencia, los cuales me otorgan el privilegio de saber quién soy y que es todo lo que me rodea. Vivimos engañándonos a nosotros mismos, buscamos el gozo de la felicidad como si fuese algo a lo que tenemos derecho por el mero hecho de habitar la tierra. ¡Qué gran error! No somos nada. Solo basta con mirar al cielo en una noche de luna nueva y saber que la mayoría de las luces que vemos corresponden al pasado, algunas de ellas puede que ya estén apagadas y, nosotros, aún las seguimos viendo. Sin embargo, nadie piensa en ello, simplemente las contemplamos como si fuesen un adorno imprescindible.
Vivo en un lugar apartado de la contaminación, aislado, soy un lobo solitario. Me he apartado de la mal llamada civilización porque la multitud me agobia y me aburre, por no decir que la gran mayoría me asquea: son codiciosos, cobardes, hipócritas y mienten como bellacos. ¿A quién le gusta pertenecer a esta sociedad enferma y corrupta? A mí por supuesto no.
Oír como se manifiesta la sociedad, en su mayoría analfabeta y cateta, dejándose llevar por los mensajes que le lanzan desde las televisiones, públicas o privadas, compradas con dinero público, eso si ¡Me niego a participar de este circo! Los figurantes no merecen mi respeto. El gobierno aún menos.
Ni siquiera los animales escapan a la iniquidad del tiempo que vivimos: solo hay que ver que han sido puestos por delante del ser humano. ¿Hay algo más absurdo que ver como el ser humano legisla contra la humanidad de su propio ser? Aborto, eutanasia… ¿Son un derecho animal quizás? Necesito encontrar la paz en el campo, que nunca me otorgo la ciudad. Necesito un entorno sin ruidos, en libertad, sin necesidad de leyes aprobadas por políticos de cuna al dictado de su ideología. Leeré a los clásicos y me dedicare a observar en silencio el comportamiento de mis animales.
