El Paseo de los garroferos

Desde el privilegiado lugar que ocupa mi atalaya hacia el levante, mientras siento el ímpetu del viento refrescar mi desnuda espalda, observo con aburrimiento un paseo entre carreteras. Oprobo desacierto humano que se mitiga con la cerrada sombra de unos garroferos mal podados. Hasta ayer mismo, no había lugar para el descanso ¡Acaban de poner los bancos! Nadie aún los ha estrenado. ¡Quizás sea pronto! O quizás extrañe su presencia, y el inútil hecho de su existencia, pero, de todos modos…¡Gracias!

Preocupado

Julián Sarmiento beso la cruz de su anillo hasta tres veces seguida, era supersticioso de nacimiento y aquello le protegería del mal fario que le daba aquella situación. La espera se le había hecho eterna a pesar de que apenas habían pasado quince minutos cuando el auxiliar del juzgado le llamó para que pasase. Nervioso se presentó ante el tribunal, y fue colocado sobre una plataforma con atril y micrófono. Miró a su alrededor y cruzó los dedos: estaba rodeado de viejos con peluca que parecían no prestarle atención. Uno de ellos le preguntó algo… Sonó el teléfono, le llamaban para reclamarle una deuda. Julián Sarmiento miró a un lado y vio a su abogado, fue hacia el y le entregó el teléfono para que atendiese la llamada. El Juez le llamó al orden… Julián Sarmiento volvió al atril.

— ¡Conteste usted a la pregunta! ¿Qué pregunta? —respondió.

Alguien dijo: — ¿Se llama usted Julián Sarmiento? —este respiró aliviado — ¡Sí! —, y miró a su abogado que con cara de circunstancia le señalaba con el pulgar hacia abajo.

—“Estoy jodido”—pensó, y se dirigió al Juez: — ¡Señoría, soy culpable!

— ¡Pero como.., si no se le ha acusado de nada! —dijo el Juez sorprendido.

—Pues dese prisa antes de que mi abogado ejecute la sentencia.

Verdugo

Vulgar como un filisteo. Cicatero tan grande que llegó a robar un rollo de papel higiénico en un váter de gasolinera para escribir su diario. Un día, cuando se encontraba tranquilamente sentado en su trono de mierda, recibió el encargo de atender la urgencia de un enfermo dolorido en lo más profundo de su alma. Se presentó ante aquel hombre, erguido y altivo; y disfrutó viendo como el otro sufría en silencio. Aterrorizado, mientras la masa enaltecida, presa de incultura lo vitoreaba, pidió perdón al cielo y, apoyando la cabeza sobre el tronco de haya ennegrecido de sangre podrida, esperó tranquilamente su liberación.

Dulce vida

Paseaba por el centro, triste como una marmota de turbia alcoba,  cuando se paró frente a un escaparate de confitería. Los dulces merengados eran su debilidad, pero estaba mas tiesa que la mojama. Metió la mano en el bolsillo y rascó con sus dedos el fondo a punto de perforarlo, no saco nada, solo pelusilla. Cogió entonces una piedra con la intención de romper el cristal del escaparate… Su corazón comenzó a latir con fuerza, miro a todos lados, no la veía nadie, dio la espalda al dulce, camino unos metros, se encaramo a la barandilla y voló al vacío.

Sucio desquite

Había recibido su despoblada cabeza una ducha de excrementos; la muy hija de puta se le había cagado encima, y no contenta con ello había graznado reivindicando su satisfacción. Años atrás durante el cortejo, el barón la había dejado sin pareja por culpa de un gatillazo al probar su vieja escopeta, y desde entonces, el resentimiento se había apoderado de ella. Todos los días al atardecer había sobrevolado el viejo muelle de madera donde se apostaba el barón con el único de fin de consumar su venganza.

Resignación sin deseo

— ¡He visto Leónidas!— Parrafeo incómodo para ganarse el interés de los presentes, pero recibió el silencio por respuesta, y el suspense se apodero del momento, mientras las velas amenazaron con apagarse al recibir la ráfaga de corriente provocada por el impetuoso perturbado. Los demás le miraron al unísono, solo una vez, y volvieron la vista al muerto. Alguien exclamó aburrido: — ¡dejadle, en sus uñas se adivina el rejalgar…!— Aquel les maldijo, y alzando la vista al cielo, acusó a las estrellas de su infortunio volviendo a ocupar su sitio en el maloliente vertedero.

La Leyenda de Juan el Tuerto

Fueron a por él  y no estaba, Juan el tuerto se ocultaba en la taberna de Fran bebiendo y jugando a las cartas, y allí le encontraron; estaba tan borracho que al verles, se levantó, sacó su colt y disparó contra el espejo donde se reflejaban… Uno, dos, tres, hasta seis disparos y se quedó sin munición, había roto el espejo y matado al mono. Por respuesta recibió once tiros por la espalda y cayó gritando: < ¡Morid cobardes!>. Hubieron de rematarle en el suelo porque milagrosamente ningún disparo le había acertado.

Vida ocre

Al amparo de una copa de vino existo, implícito en la mentira de esta vida tan ocre, que  ofrecida como miel, llena de farsa el depósito vacío de la esperanza. Camino libremente hacia la nada, y especialmente me afecta, pues comprendo el engaño y lo acepto sin oponer resistencia. Me conformo con ser uno mas de los perdidos en el desierto de las ilusiones.